16 feb. 2011

Mi vida, mi ateismo

LQSomos. Alfredo Bernacchi. Febrero de 2011
Traducción y adaptación para LQSomos: Zerimar Ilosit.

Yo era creyente de la iglesia evangelista antes de ser ateo. Tenía poco más de 50 años y ya había pasado por varias religiones, tentando de encontrar el verdadero dios en algún lugar. Era lo que yo estaba buscando hacía mucho tiempo, pero sin conseguirlo. Cuando fui convertido a la iglesia presbiteriana con 24 años, creí que allí ya lo había encontrado. Aquella música me arreciaba por todo el cuerpo, me emocionaba, las manos levantadas, las felicitaciones y finalmente la tarjeta para el pago del diezmo en 12 suaves prestaciones mensuales.

Yo bien que tenté continuar, pero los colegas de la fe no me dejaban. Ellos eran muy, ¿cómo decirlo?, ¡sí!, peores que yo… Individuos despechados,  falsos, intrigantes. Es pues que yo empecé a dudar que aquellos “compañeros” vivieran en una casa donde dios no habitaba. La mudanza que dios pudiera haber hecho en la vida de aquellas personas no lo sé, porque nada veía diferente de mis otros colegas del club deportivo. Al contrario, estos eran mucho más auténticos.

Cuando me casé con la hija de un presbítero, acabé casándome con la religión de ella también y así llevé la vida durante 12 años, hasta que mis 2 primeros hijos dejaron la infancia.

Como todo buen padre cariñoso, yo quería llevarlos a la playa, parque de diversiones, fútbol, etc., los domingos, visto que yo trabajaba de lunes a sábado. Pero no era posible… Teníamos iglesia por la mañana, tarde y noche…  Era pues iglesia, iglesia e iglesia…

Hasta que cierto domingo quedé tan harto que determiné que ellos irían conmigo a la playa. Ahí se acabó el matrimonio. Mis hijos fueron para la casa de los abuelos maternos, por lo que ella consiguió que no fuesen a la playa conmigo ni a ninguna otra parte.

Todo eso me dio que pensar. Era más otra de las incoherencias divinas. Mi ex mujer resultaba ser tremendamente fanática y vivía encantada dentro de la religión; sus normas de conductas extravagantes eran insoportables, pues colocaba a dios por encima de mi propia familia. Eso no concordaba con mi idiosincrasia. Si de verdad hubiese un dios, él sería coherente, incentivaría el amor entre padres e hijos, no los separaría de esa forma. La lógica es que ese dios uniría a las familias en paz, no las separaría en guerra. Pero estaba en la biblia: ¡Amarás a Dios sobre todas las cosas…!”. Y ella seguía al pie de la letra hasta el fin en ese grandioso y sagrado engaño.

En consecuencias, esas cosas para mí nunca tenían sentido, las encontraba así…, así…, como que ese personaje de dios estaba mal contado. Pero lo que son las situaciones, TODAS las personas que me rodeaban creían ciegamente en dios por lo que yo debería estar equivocado. A todo eso hacía un gran esfuerzo para creer; peor aún, tenía que enseñar a aquellos otros en lo que tenía cada ve más dudas. Sin embargo mi madre creía, mi padre lo admitía, los amigos no dudaban, mis hermanos tenían experiencias, mi abuela era fanática, el profesor era un evangelista muy creyente, mis vecinos iban a misa todos los domingos. Aún, el presidente de turno de la nación brasilera, los diputados, senadores y toda clase de políticos en sus arengas siempre incluían la tradicional frase nacional: “gracias a dios”, “dios te bendiga” y chorradas similares. ¿Por qué solamente yo iba a dudar? ¿Por qué yo cada ve dudaba más y más? ¡Sí, podría ser que yo estuviera engañado…! Por lo que me esforzaba en limpiar mis pensamientos de esos pecados de dudas; así mismo no lo conseguía…

En las diversas iglesias (de rito protestante), llegué a ser líder en varias ocasiones. Sutilmente colocaba cuestiones entre los demás en las escuelas dominicales, por ejemplo, después prestaba atención a sus respuestas. No tenían sentidos…, nunca lo tenían.

Yo arrastré esas dudas por muchos años, hasta  que con 50 y pico finalmente desperté del largo letargo y pensé: “Lo que ocurre es que no entiendo los designios de dios…”. Pero yo tenía una familia estupenda, ya en mis segundas nupcias; vivía en paz, con mis hijos saludables que no cambiaría por todo el oro del mundo. Cuando nació mi cuarto hijo, perfecto, bonito, lleno de salud, por medio de una cesaría bien hecha, yo agradecía: “Gracias mi dios, porque tú me as dado más un tesoro. No sé si merezco tanto…”.

Mis hijos eran aún mi única justificación para la existencia de dios. La única cosa coherente venida de él, pues todo lo demás no lo justificaba. No tenía sentido. Desde luego y no está bien que lo diga, pero yo siempre he sido un buen hombre, trabajador, dinámico, esforzado, honesto, pero mí vida económica no prosperaba de manera ninguna. Mi primer casamiento se deshizo por lo que  aquellos hijos vivían lejos y separados de mí. Financieramente unos momentos estaba desahogado, otros no…; dios me lo deba…, dios me lo quitaba… Era un sufrimiento, una constante intranquilidad, nada digna de una persona que creía estar bendecida por él. Hago constar que de entre mis vecinos los había en peores condiciones económicas que yo, por lo que también creía que esa “justicia divina” era contradictoria con los que predicaban los pastores en las iglesias de cualquier secta.

Un día recibí un aviso de que mi segundo hijo (primer matrimonio), estaba en cuidados intensivos, pero lo que de verdad era que ya estaba siendo velado en el tanatorio del hospital. Le habían dado un tiro en el pecho para robarles la bicicleta, en pleno día, en una calle moví mentada…

Mucho de mis allegados y amigos pensaron en su “bendita ignorancia” que yo me hice ateo porque mi hijo me lo asesinaron unos bandidos y que por ese motivo lo estoy contando. ¡Pero no fue así! Sí podría decir que la gota que llena el vaso…

Como vengo narrando, hasta entonces yo había tenido dudas; ahora ya tenía seguridad. No había ningún dios dándome… por allí…, ningún dios tomando cuenta de nadie. ¡Simplemente que NO hay dios! Yo estaba cansado de buscar disculpas para así alimentar mi estúpida fe, que por supuesto, hacía mucho tiempo que había dejado de “existir”. ¿Lo as entendido? ¡Quiero ser coherente por primera vez en la vida! ¡NO EXISTE NINGÚN DIOS…! Esas fueron mis claras conclusiones. 

 ¡Ya está…! Ahora todo ha encajado. Estoy solo en éste mundo entregado a mi propia suerte. Es eso mismo y nada diferente hay de eso…

En consecuencias pasé a observar la vida dentro de ese prisma. ¡La vida “sin dios” se me llenó de lógica y yo pasé a entender todo aquello que no entendía antes…! Estaba delante de mí mismo y nada, ni nadie, era más poderoso que yo, el homo sapiens. A partir de ahí debería tomar cuenta de mí mismo, usando todo mi potencial intelectual y nunca más esperar ayuda de ningún “dios” ni de nadie. Ese concepto pasó a ser mi nueva filosofía y bandera dentro de la vida por lo que quedé mejor más y satisfecho.

Cuando mi hijo murió tan estúpidamente, como le ocurre a tantas personas en está país “bendecido por dios”, nada me restó para justificar la existencia de ese tal dios. Me hacía dos simples preguntas: O él sería un “dios” fracasado, estúpido, cruel, reincidente en errores, intransigente, incoherente, injusto, mentiroso, colérico…, o entonces es que no ha existido jamás. Esta segunda conclusión es la explicación más lógica que he podido encontrar, es la aceptada y la que prevalece.

Veamos un ejemplo simple pero contundente. Compras una docena de huevos y el vendedor te dice: “Están fresquísimos. Concretamente este aquí lo puso la gallina esta misma mañana…”. Los compra. Al llegar a casa abres el primero y resulta que está podrido. Piensas: ¡qué mala suerte! Entonces abre el segundo, tercer, cuarto…, todos podridos, por lo que coges un cabreo descomunal, el vendedor te ha estafado. Pero aún queda el último, el que había puesto la gallina por la mañana, y para salir de dudas lo abres… ¡y resulta que también está podrido!

Las conclusiones son obvias, el vendedor es deshonesto, un engañifa que te ha tomado el pelo (mejor decir el dinero), como a un niñ@; o que la gallina estaba enferma…  ¿Con cuál te quedas? Así mismo, este ejemplo u otros, al comentarlo con algún compañero de la congregación éste aún te critica diciéndote que porque el último huevo estaba podrido no debería quedar enojado con el vendedor… Pero como la mentalidad la tienen en el “etéreo paraíso” tengo que insistir que no fue un huevo, que fueron todos.

En relación al ejemplo que he dado, quiero testificar, una vez más que porque mi hijo murió asesinado trágicamente no me he hecho ateo. Pero sí porque ya me venían sobrando argumentos para que yo dejara de creer en una supuesta existencia divina. Todos los “huevos-dios” estaban podridos, por lo que no hay nada más que disculpar. Desde entonces pasé a vivir una nueva vida. Al principio aún reticente y para ponerme a prueba yo creé mil desafíos a ese dios.

Quiero hacer constancia que por haber sido siempre un hombre vuelto hacia los principios religiosos, nunca en mi vida había tenido contacto con los movimientos ateísta o libres pensadores. Nunca nadie ha hecho por mí lo que yo estoy haciendo por ti, querido lector. Es solamente querer abrir los ojos de la mente, es decir, la cúspide donde se encuentra el cerebro humano y ahí lanzar las primeras dudas: ¿será?, ¿podría ser? ¡NO, dios no existe…, es imposible razonablemente!

Hoy ya estoy recogiendo los frutos de mi tardía pero decidida e inteligente decisión, por lo que he establecido nuevos principios por los que debo conducirme y conducir a toda aquella persona que quiera escucharme o pedir unos consejos. Estas son las 10 decisiones o mandamientos más importantes de mi vida: 

            1 – Nadie es más poderoso que yo. ¡No existe mayor inteligencia que la del propio hombre y más si este es libre pensador! Yo como hombre soy uno de ellos en el Universo. Los límites de lo que yo pueda ser, están solamente en mis manos.

            2 – Yo soy mi propia justicia. Yo decido si estoy siendo justo o no. Yo soy quien decide las providencias que debo tomar cuando aparezca cualquier caso. No dejo nada en manos ajenas y menos si estas provienen de pastores o cualquier otras sectas religiosas. Si tengo que tomar alguna  actitud, la tomaré. Si tuviera que perdonar y olvidar, yo perdono y olvido. Yo mismo pongo los hechos en la balanza y procuro ser justo con los otros y conmigo mismo.

            3 – Es por lo que tengo fe en mí mismo, esa palabra en el sentido humano y nunca en el religioso. No espero nada del más allá. Todo lo que necesito lo busco aquí teniendo la seguridad que solamente depende de mí y del esfuerzo para conquistar lo que quiera. No me acomodo, no sueño con cosas imposibles. Si tengo problemas, procuro evaluar honestamente las soluciones posibles, los costos que acarrean, tomar providencias y si yo concluyo que vale la pena, voy con entusiasmos a buscar las soluciones.        

            4 – Estoy sujeto a las circunstancias que interfieran en mi vida, como cualquier ser humano. Accidente, represalias, venganzas, envidias, maldades y cosas que no están en nuestras posibilidades evitarlas, por lo menos a tiempo, así siendo yo debo procurar que no ocurran. No correr riesgos innecesarios, no provocar reacciones dañosas a mis semejantes contra mí.

            5 – Honrar a mis amigos, los que de verdad me ayudan y quieren bien. Valorizar las actitudes y meritos de cada uno por lo que me hicieren. Si un médico me salva la vida de una determinada enfermedad, es a él y a su ciencia a quienes tengo que agradecer por lo que los considero valiosos, y no la absurda frase nacional de: “gracias a dios”.

            6 – Cumplo las leyes y las buenas costumbres de mi sociedad. No mato, no robo, no deseo la mujer del prójimo, etc., respeto las leyes de mi país. Lucho por mis derechos y no invado los derechos ajenos. Respeto siempre para poder exigir ser respetado. Cumplo con los deberes como ciudadano para estar en paz con mí conciencia.

            7 – Soy orgulloso de mis sucesos. Asumo todos los méritos de mis conquistas. Acepto mis derrotas y procuro sacar lecciones para el próximo paso. Yo me esfuerzo dentro de mis posibilidades como humano. Si venzo es porque fui capaz y me enorgullezco de mis victorias. Si pierdo, reconozco que fallé en alguna cosa evitando no volver a caer. 

            8 – Amo a mis semejantes por encima de todo. Procuro ayudarlos a conquistar su espacio y ser felices en sus vidas. Amo más a aquellos que me quieren bien, por lo que los retribuyo. A esos hasta la vida si fuese necesario. Los considero verdaderos amigos.

            9 – Cultivo mi inteligencia y desenvuelvo los conocimientos posibles. Los sucesos y fracasos de mi vida están directamente ligados a esos dos conceptos. Procuro vitalizar mi cerebro y tener siempre soluciones. No lo destruyo con vicios ni esfuerzos exagerados. Busco la paz interior. Soy feliz por ser libre.

            10 – Hago de mi cuerpo algo ejemplar y realizador. No lo ofendo, no lo desmoralizo, no lo expongo a cualquier suciedad o algo desagradable. Si yo hago algo con él, eso será bueno y útil, a mí y a semejantes. Cuido lo mejor posible de mi salud y sé que solamente dependo de ese esfuerzo, mi felicidad física es el funcionamiento perfecto de los demás órganos.

¿Y ante la sociedad, como he quedado? ¿Y todas aquellas personas que creen y te inducirán a que creyeras en esas mentiras de la religión? Mis padres, profesores, el idiota del vecino, el amigo ingenuo o que lo parecía, el pastor desvergonzado, como todos aquellos otros que se hacen llamar representantes de una o varias divinidades. Todos ellos saben que he salido del redil. Pero el más cabreado de todos es el pastor que solo buscaba sacarte el dinero y tenerte aborregado desde la cuna a la sepultura.

Esto es lo que pensé de todos aquellos creyentes y meapilas, a empezar por el protestantismo al que pertenecía y de la populación brasilera, la de los continentes sudamericanos y del norte, europeos, africanos…, del todo el mundo. No olvidando al Islam con su Alá..., hinduismo con su Shiva…, y todos los etcéteras que sean posibles. Decirles solamente que: DIOS NO EXISTE.