28 sept. 2011

La catedral

LQSomos. Zerimar Ilosit. Septiembre de 2011.

Pongamos por ejemplo que distraídamente entras en una catedral católica, de esas que no hay que pagar, pues ya es muy habitual. A simple vista la imponente construcción merece respeto. A empezar por su historia, los siglos en construirla, sus artes abundantes y esparramadas por todas partes hasta llegar al techo… Es algo hecho para dominar, impresionar… ¡y eso ocurre!


Lo mismo hasta el ruido de tus pies al caminar por las gigantescas naves; una simples tosecillas en aquel interior se transforma en una voz divina disimulada por el eco de las inmensas paredes. Es una obra grandiosa… Una obra suntuosa que transmite poder en su creación. Muchas personas pesaran que los autores han sido como dios… Pero en realidad han sido hombres impulsados por el poder divino los que han levantado ese inmenso coloso. Aquel ambiente, lleno de un fuerte poder místico es el que toca el interior de la persona y pueden llegar a desvanecerse. Queda envuelto por la belleza arquitectónica de la cúpula, por la iluminación del rosetón sobre las naves, los vitrales coloridos, en definitivas, por el ambiente de paz donde todo se transforma en angelical.

Suena la música que sale de la garganta profunda del inmenso órgano ricas obras y ahí ya el visitante o el asiduo cliente a esas alturas queda envuelto, flotando en el éter. No es necesario que el coro entre en acción con sus bellas aleluyas de profundos sonidos celestiales. ¡Ahí es que caen en la trampa!

En realidad despiertan cuando el catequista de turno, monaguillo o sacristán pasa con el “cepillo” de las “limosnas” y se lo pone en la cara de los asistentes. Ahí el vecino mira de reojo, pero con espíritu místico, haber lo que el movimiento de la fe hace en dirección a la cartera o monedero. ¿Quién se negaría a dejar allí unas simples monedas? Es verdad, ¡hay que sustentar esos ciclópeos edificios! Pero mil o cinco mil personas, no importa la cantidad monetaria que ellos puedan aportar, es más un “ladrillo” para la obra que estuvieren construyendo al lado o el arreglo del tejado, para la mansión del cardenal, obispo, convento, casa parroquial, brindar con una copa de fino metal en las habituales y repetidas ceremonias de misas, comuniones, etc. O entonces directamente un kilo de oro para el banco del Vaticano conmemorando esas “limosnas” en el mundo que se componen de miles de millones de $, €, £, etc. Bueno, en España lo tienen más fácil, el estado se lo pone directamente en cuenta corriente, a más algunos regalitos como la inmensa catedral que han montado recientemente de la ciudad de Madrid. Muchos consideran todo esa parrafearías un abuso “celestial”.

Las personas creyentes creen que la bondad, moral, caridad, etc., vienen de ese acto de fe forrado de oro. De la misma manera creen que esa “casa” denominada catedral (y aquellas otras de menos envergaduras), es que de ahí, de esa creencia es que proviene el poder y no del dinero. Sin embargo, si tú no estás envuelto en aquellos ambientes, dividiendo y teniendo esa misma fe con el hermano que tienes al lado, es porque estás bajo la influencia del maligno.
Pero hay solución y quedan alternativas. Te puedes hacer socio contribuyente de ese club religioso y recibir las bendiciones divinas, la sonrisa y aprobación de la sociedad, o entonces si las niega y vives expulsado por esa misma sociedad, aún sobrevivir en el pecado, pero eso sí, existe la dignidad de ser perdonado por no cumplir esas órdenes divinas. En concreto, ¡no se admite medias tintas! ¡O eres como ellos, vulgarmente meapilas, o no! ¡Crees o no crees! ¡Si crees tienes que arrimar el hombro monetariamente! ¡Si no crees, serás discriminado, maldito! ¡Esa es la divina ley de dios!

Eso ocurre en todos los países denominados cristianos, católicos y protestantes, aunque por cuestiones obvias se ha mencionado a España que continúa siendo más papista que el papa. En esos otros países la religión también interfiere en las escuelas, para ahí empezar el lavado de cerebro bien temprano. El enseñar catequesis comienza con los Reyes Magos, Papa Noel pasando por el Padre celestial y terminando en la mesa o banca del Vaticano. Muchas personas no saben cómo librarse de esa droga pues hasta tus padres te reprochan, ellos dirán que lo recibieron de sus mayores… Te prohíben reaccionar, de cuestionar todo eso. Dicen: ¡él está revuelto, pero en el fondo es un hombre bueno! Pero, ¿por qué creer en unos conceptos en que no hay confianza y no crees? ¿Para ser bien visto por otros? ¡Es preferible el quedar bien con uno mismo!

Eso quiere decir que para ser “un hombre bueno” hay que creer en dios y contribuir para las “limosnas” papales del Vaticano… O entonces, pasar la vida tentando explicar que nuestro nivel de inteligencia nos alertó sobre en qué consiste esa fantasía de la religión. Ese sentido de percepción avanzado hace la diferencia entre el camino de la ilusión y la ceguera, o el de la realidad y el razonamiento. Si el hombre es bueno lo será por naturaleza. La caridad, el ultraísmo no proviene de ninguna convivencia religiosa, por lo que los actos brillantes vienen del corazón y nunca de una determinada religión.

Ni una madre, que parió a su hijo, que lo conoce desde los pies a la cabeza consigue admitir que una cosa tiene que ver con la otra, pero ella insiste: “Dios tiene planes para ti…”. Según pregonan hasta la saciedad en los nuevos púlpitos de la tecnología, un hombre que no bebe, ni fuma, ni mata, no desea la mujer del prójimo, ni roba, que honra a los padres, etc., ese solo puede ser un siervo de dios. Sin embargo la honestidad nos testifica que no amamos a ese dios hebreo-cristiano sobre todas las cosas y por eso dicen que somos abominables y pecadores. No es posible amar a un dios que castiga desde la cuna a la sepultura y aún inspira temor, terror y permite el sufrimiento. “Así dijo el Señor Dios de Israel: cada uno que coja la espada y de puerta en puerta mate a cada uno de sus hermanos, amigos, vecinos… Así hicieron los hijos de Levi según la palabra de Moisés. Y cayeron en aquel día unos tres mil hombres”.

En relación a este pasaje, uno de tantos, del mamotreto bíblico no hemos hecho referencia al posterior cristianismo y sus consecuencias inquisitoriales, cruzadas, etc., es por lo que somos reacios a entrar en catedrales y casas similares, no sea que esa tiñe nos contamine… De igual manera y sobre todo el raciocinio nos recomienda que sea lo imprescindible (menos aún pagando), como para ver un monumento arquitectónico, pero salirse pronto…