23 ago. 2011

¡Huyamos, Sancho, que vino el Papa!

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Agosto de 2011.

Supongo que, entre los millones de fotografías que en estos días se habrán hecho al Papa, desde las dos orillas, siempre habrá una que merecerá un comentario, un artículo periodístico.
Yo me quedo con la de La Legión desfilando por la Puerta del Sol -que tal pareciera una “limpieza” de santo de la religión de Changó, por aquello de que allí se proclamaron repúblicas y se desmelenó el obrero en el pasado-.

Vaya por delante que pertenecí a ese cuerpo, en el que serví, en Tauima (Melilla) y en el Sáhara Occidental, entre 1955 y 1958.

Desconozco de quién partió la idea de hacer desfilar a este cuerpo –fundado por José Millán Astray en 1920- pero, por los conocimientos que hoy tengo de las distintas intervenciones que éste tuvo en el pasado, me parece a mí que hay muy pocos motivos para enorgullecerse de él y para sacarlo a la calle. Pero, como la Guardia Civil, el Valle de los Caídos, los rótulos y los monumentos franquistas que aún permanecen en el País, parece que este Gobierno tampoco tiene mayor prisa por hacerlo desaparecer.

Pasando por alto el despliegue desmesurado de estos días –desconozco el número de almas que pudo salvarse con la visita papal, pero imagino los cientos de muertes que podrían haberse evitado en esos campos de refugiados de Somalia y Etiopia si esa misma fortuna que costó el viaje papal se hubiese destinado a aquel noble fin-, si hay algo de humillante en esa foto es saber que fue ese mismo cuerpo el que tomó parte en las cacerías del minero asturiano cuando la Comuna de 1934. Aún podemos verles, en viejas fotos de la campaña de África, exhibiendo, sonrientes, las cabezas cercenadas de los cabileños como auténticos trofeos. Si larga y odiosa fue la participación de los marroquíes en la guerra de España, no menos execrable fue la actuación de los del Tercio -con Yagüe a la cabeza-, ahora con sus mismos paisanos.

Parece que, cuando los “indignados” los “sin díos” se empeñan en denunciar los excesos de esta especie de cruzada para la afirmación de la fe en el mundo cristiano, hay un deseo de desprestigiar a esta confesión, cuando, en realidad, y por si no hubiese sido poco compartir mesa y mantel con los poderosos reyes, los sanguinarios dictadores; los que sembraban en el pasado el orbe de hogueras donde lo mismo ardían libros que hombres, son ellos mismos los que, con su soberbia, su afán de poder, su intolerancia, están cavando su propia tumba.

Les cuesta, les cuesta a toda esta fauna renunciar a la mujer sometida, arrodillada ante el confesionario, arrodillada en el hogar, arrodillada aún con un salario inferior al de los hombres, a los cuales quiere equipararse: Que no vote, que acuda a la novena, que no se pierda el Santísimo Rosario, que no falte la mujer en los actos de desagravio del Sagrado Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles, fusilado por los “rojazos” aquellos; que no se libere nunca de la maldición bíblica que la obliga a parir con dolor. Que los sodomitas y los homosexuales, en compañía de los que faltaron al VIº y a los que rompieron los “sagrados lazos” matrimoniales, -esto no va con su alteza, Leticia, ni con vos, Princesa Elena-, a los que niegan la evidencia de la Santísima Trinidad y de la Inmaculada Concepción, se cocinen eternamente en las calderas de Pedro Botero; o, mejor: que vaguen eternamente por la laguna Estigia en busca de la orilla inexistente.   

 Un poco más y las niegan el alma, como hicieron con aquellos indios a los que, a sangre y fuego, cristianizaron en América. Como cercaron al poeta Miguel Hernández para que éste se casara por la Iglesia, ya en las puertas de la muerte, en 1942. Señores míos: no esperamos que nos perdonen ustedes, -que tampoco se lo pedimos- el incendio de la iglesia del pueblo, el asesinato de los religiosos que se comprometieron con la “cruzada” del treintaiseis, el fusilamiento de Cerro Rojo, lo acontecido en Paracuellos, lo del cardenal Soldevila. Que tampoco nosotros hemos olvidado la pistola al cinto de los capellanes, los entrenamientos –con fusiles- de los curas en el Norte, los cristazos en la cabeza por no querer confesarnos antes de las “sacas”, en Ventas, en Conde de Toreno; en ese rosario de penales que se abrieron para la ”bestia marxista” -que “hombres no eran”- cuando ustedes entraron a saco en Madrid y en el resto de las ciudades, con sus cristos a cuestas, sus cargamentos de confesionarios y de eucaristías; con sus sopas para los hijos de los vencidos, sus bendiciones para todo aquel que, tras defender con su propia vida los valores de la República, quisiera redimirse besando la mano que bendijo las obras de la Basílica del Valle de los Caídos, en tanto la humillación y las balas del pequeño dictador que ustedes entronizaban, bajo el palio, en los altares de la “Santiña”, acababan con lo más digno de este desdichado país.

Señor: además de esos millones de “creyentes” que le vitorean a usted por calles y plazas, como al torero de más “trapío” del pasado, existen en este país cerca de cinco millónes de parados; un sinnúmero de desgraciados que, fracasados en esta Babilonia capitalista tan apoyada por Ud. y sus antecesores, arrastran sus cartones y su fracaso, las drogas a que tiene acceso; allí por donde la Policía del sistema procura que la rueda de este sistema depredador no sufra ningún daño. Además, en estas ciudades existe también un número difícil de cuantificar de gentes que no rendirán jamás sus banderas a los que, con la bendición papal y la del III Reich, hacían desfilar sus tropas por estas mismas calles y plazas, hace ahora setentaiseis años.  
 
Largas como los Rosarios que ustedes nos obligaban a rezar, en las escuelas de mi niñez, son las cuentas pendientes entre esa Iglesia y este pueblo. El Alzheimer histórico, por fortuna, no alcanza por igual todavía a los hijos y a los nietos de aquellos que en el pasado, más o menos directamente, fueron testigos de los brazos en alto, a “la romana”, –no podía ser de otro modo- de los obispos, en tanto, en los campos, los campesinos sin tierra entregaban sus vidas generosamente por defender la Constitución de la IIª República, que tantos de ellos ni siquiera habían leído por falta de la instrucción que les negaron el clero,  los militares y los caciques que defendían el sacrosanto poder de la católica Iglesia.

Y pregunto yo, señor, usted que tienes la potestad de perdonarlo todo: ¿y porqué en lugar de perdonarnos los pecados no se nos perdonan las hipotecas? Sería todo un gesto.

Y poco más, señor…que puede usted venir por aquí cuando guste. Tiene las puertas de esta tierra completamente abiertas. Si jamás se cerraron, ni para el que hace más de dos mil años llegó de Roma, para los que llegaron de Cartago, los que lo hicieron cuando escaparon desde el antiguo Egipto, los árabes, los celtas; desde la vecina Francia, los de la más lejana Alemania, desde Himler, jhon Wayne, Reagan y Pinochet;  los que a diario entran por nuestros aeropuertos y carreteras, en “pateras”, incluso; unos acudiendo a la llamada de los vinos, otros por el sol, aquellos por el buen comer y, los menos afortunados, para simplemente sobrevivir; no hay razón para que no vuelva usted cuando le plazca. Esta es su casa. Pero, por favor, la próxima vez que se digne visitarnos no se traiga usted a su numerosa tropa de guardias suizos. Aquí, hace años que ya no somos los comecuras de antaño. Venga usted solo. Siempre habrá un acogedor aposento en lo más fresco de la casa. Y, como es natural, siempre hay sitio y pienso en abundancia para la caballería, a más de la jarra del de Valdepeñas y la moza que se lo sirva. Salud