16 ago. 2011

De viajes, muros, frutos, y Benedicto XVI

LQSomos. Asociación Cultural Candela*. Agosto de 2011.

Se cumplen por estos días los cincuenta años del levantamiento del muro de Berlín. Las escenas de quienes trepaban retorciéndose para intentar vivir el sueño quimérico de un dorado falso, todavía estremecen nuestra memoria. Pero la memoria ennegrece cuando comprobamos hoy que los muros construidos desde el poder insaciable dejan siempre enterrada la esperanza de los oprimidos. Muros para que nadie salga, para que nadie entre.
Kilómetros de hormigón de un capitalismo que acelera sus ocupaciones al ritmo voraz de sus  ilimitadas ganancias, para hacernos llegar la imagen consagrada de su poder. Un poder que intenta impedir encontrarnos con nuestra propia identidad. Una identidad que siempre es un viaje hacia los lugares épicos donde los empobrecidos claman desde milenios. Lugares con eco para escuchar su grito o su silencio impuesto. Construirnos una identidad para encontrarnos juntos y remedar la injusticia de sus leyes, grabadas a sangre y fuego por quienes mandaron alzar las paredes que nos separan a quienes viven de quienes mueren. Muros, de Berlín del ayer a la Palestina de hoy. Corea, Belfast, Melilla, reconstruyen una performance del trágico tiovivo que vuelve y vuelve para darle vueltas de rutina a esta impunidad. Muros, los hay también, que separan el buen vivir de la basura, como el que entre nosotr@s se levanta cada mañana en La Cañada Real Galiana, en donde, desde hace años, sobreviven cientos de personas entre dos alejadísimas realidades: las promesas incumplidas por una administración tramposa y quienes, tenaz y humanamente, tratan de llevar la esperanza militante de que la unidad en la lucha pueda empujar un futuro mejor.

Los muros que nos separan tejen la red perversa que impide ver con claridad qué nos está pasando para que esta nueva vuelta de tuerca de un capitalismo depredador insaciable nos lleve a vivir impasibles soportando sin estremecimiento ni cambio de vida el genocidio diario de los más desprotegidos. Nos han hecho creer que la única salida para una pseudovida sin problemas es la competición, luchar por el máximo beneficio individual, el crecimiento inmoral e inagotable que necesita, para mantenerse, del genocidio de una  buena parte de la humanidad. Las relaciones humanas en las ciudades se hacen cada vez más invisibles. La visibilidad de las situaciones de los empobrecidos, el agotamiento de esperar un futuro de justicia que no llega, podrían, quizás, regenerar, con actitud y aptitud cooperativa, la multiplicación de las acampadas que han despertado del sueño y la apatía a buena parte de la ciudadanía. Intolerable para quienes capitanean la mercantilización.

Madrid, ciudad endeudada, donde los ciudadanos  ven recortados sus derechos de día en día. A este Madrid viene, para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, el que  oficialmente es el más alto mandatario de la Iglesia Católica, representante de Cristo en la tierra. Pero no figura en su apretada agenda oficiar ni visitar detrás de los muros donde transitaría sin duda el Jesús de Nazaret que narran los Evangelios al que dice representar. Se abona a los escenarios mediáticos para ganar audiencia. Unos escenarios, unos altares pagados en buena parte con el dinero de las arcas públicas, abonados por seguidores o no de la religión católica. Benedicto XVI espera, dicen los medios de comunicación, abundantes frutos de su visita a Madrid. ¿Frutos para quién? ¿Qué frutos espera el señor Ratzinger, quien expulsó antes de ayer, en su anterior cargo eclesiástico, a quienes  dejaron su vida para reformar una Iglesia a la deriva, acompañando y escribiendo y denunciando en una teología liberadora el sacrifico de los empobrecidos?

Quienes organizan este evento mundializado parecen no entender que haya personas que se extrañen, que se indignen y protesten, ejerciendo sus derechos, por una visita del Jefe de una religión, que, por muy católica que sea, debería ser un  asunto privado en una sociedad como la nuestra. Pero resulta ser un asunto privado con tratamiento político, institucional y económico, al que le dan rango de “bien público”. Desde luego, esta no es la idea de “bien público” que nosotr@s defendemos cuando pensamos en una sociedad más libre, más justa, más equitativa… mal que les pese a los responsables del evento, tan del agrado, por cierto, de las tesis de la  mercantilización del poder de la audiencia, cueste lo que cueste, para ganar adeptos. Así las cosas, nos atrevemos a hipotetizar que de este modo, no van a conseguir regenerar el tejido más comprometido de una Iglesia Católica cada vez más aislada del mundo.

Entre los altares mediáticos para dar voz al Jefe del Estado Vaticano y los lugares de los empobrecidos se levanta, una vez más, un muro tan invisible como desalentador para quienes todavía crean, honestamente, que la iglesia Católica podría ser un lugar para vivir  la solidaridad cooperadamente.

Desde estas reflexiones, la Asociación cultural Candela, colectivo autogestionado, donde convivimos personas de distintas sensibilidades (cristian@s, ate@s, agnóstic@s...) intentando abrir espacios humanizantes para las personas a quienes vivir se les convierte en una dura batalla, invitamos a participar de la Manifestación ante la visita papal el 17 de agosto en Madrid Tirso Molina-Sol-Tirso Molina de 19:30 a 21:30