3 jul. 2011

La orquesta del Titanic


LQSomos. Teodoro Santana*. Junio de 2011.

Como se dice, no hay peor ciego que el que no quiere ver.  Es un rasgo de la condición humana: cuando la realidad es demasiado desagradable, tendemos a negarla. Los médicos lo saben: la primera reacción del paciente al que se comunica una grave enfermedad es la negación.
Claro que la cosa sería aún peor si quienes ejercen de doctores nos diesen falsas esperanzas y nos aplicasen encima un tratamiento mortal. Vamos, lo que hacían los matasanos hasta hace un siglo: sangrarnos.

Como enseña el proverbio chino, “conocer los problemas es tener la mitad de las soluciones”. Pero como aquí las soluciones no convienen, tratan de adormecernos con los violines de “los mercados”, “la responsabilidad”, “lo que hay que hacer”, “decisiones dolorosas” y otras sonatinas.  Como la Wallace Hartley Band, orquesta del Titanic que, mientras el barco se hundía, seguía tocando en el salón de primera clase, supuestamente en un intento por hacer que los pasajeros no perdieran la calma. Después continuaron tocando en la parte de popa de la cubierta de botes. Y siguieron tocando cuando ya era evidente que el hundimiento del buque era irreversible.

Hace tres años el sistema financiero euronorteamericano colapsó. Para salvar a los bancos de la quiebra, los gobiernos saquearon las arcas públicas acudiendo al rescate. La consecuencia ha sido que ahora los que tienen unas deudas insalvables son los propios Estados. Para poder hacer frente a esos agujeros en sus economías, esos Estados piden prestado dinero a los mismos bancos que han salvado con el dinero de todos. Y estos nos prestan el dinero que les hemos dado cobrándonos, eso sí, unos suculentos intereses.

Pero el robo es más retorcido aún. Las leyes de la UE prohíben que el Banco Central Europeo preste directamente a los Estados. Así que lo que hace el BCE es prestar el dinero a los bancos privados a poco más del 1%, para que estos presten a los Estados al 4, al 6 o al 17%, caso de Grecia. Cuanto mayor es la presión especulativa sobre los distintos países, mayores tipos de interés pueden imponer. Cuanto más débil es un país, más se le puede sangrar.

Y ya que están, exigen que, para poder recibir esos préstamos –destinados a pagar la deuda de los Estados ¡con los propios bancos!– se exprima hasta la última gota de sangre a los asalariados: recorte de sueldos, recorte de pensiones, aumento de jornada y de vida laboral, reducción de prestaciones sanitarias, educativas y asistenciales, privatizaciones masivas de los bienes públicos –para que esos mismos bancos, directamente o mediante empresas interpuestas, puedan quedárselos por tres perras–, etc., etc.

Resumiendo el disparate. Uno, los Estados regalan el dinero público a los bancos, quedándose sin liquidez. Dos, esos bancos le prestan entonces ese dinero a los Estados con unas condiciones leoninas y unos amplios márgenes de beneficios. No en balde las ganancias de las grandes corporaciones y el reparto de dividendos siguen creciendo en plena crisis. Y tres, dado que los márgenes de los préstamos a los Estados son tan grandes, no tiene sentido prestar con menores márgenes y más riesgos a las pequeñas y medianas empresas. Lo que unido a la caída del consumo por los ajustes exigidos, empobrece cada vez más a los países, impidiéndoles pagar la deuda.

Dicho en román paladino: cuantos más préstamos piden, cuanto más son rescatados, más deben los Estados y menos pueden pagar la deuda. Un camino acelerado al suicidio cuya única solución es parar la espiral infernal de políticas de ajuste procediendo, en primer lugar,  a nacionalizar la banca. No sólo para que los Estados se hagan con recursos económicos sino, sobre todo, para dejar sin su poder político omnímodo a la oligarquía financiera.

Pero, oh cielos, esa cura no conviene, precisamente, a los amos del chiringuito. Ni a los políticos burgueses –conservadores o socialdemócratas– que les sirven como verdaderos lacayos. Y que nos están tocando la melodía de que lo que hacen, esto es, llevarnos a la depauperación y al abismo, es la “única política posible”. En realidad, la única política imposible.

Quienes han caído a las aguas del océano del paro, la miseria y la marginación social, ya saben lo frías que son las tinieblas exteriores. Otros, en cambio, aún siguen embebidos en sus propios asuntos, embelesados con sus propios ombligos, tratando de escuchar una música evasiva y no oír el rugir de la marea.

Ya se sabe: de todas las crisis se sale. Menos de la última, claro.