10 de may. de 2011

Instalados en la mediocridad

LQSomos. Marcos Roitman Rosenmann*. Mayo de 2011.

Hoy se puede hablar de todo sin saber de nada. O mejor dicho, verter opiniones como si se tratara de ciencia. Se pontifica en nombre de una nueva verdad emanada de los mercados donde la máxima se refiere a los criterios de competitividad y el individualismo avalada por el éxito.


Así, las responsabilidades se diluyen en el mercado. Se trata de ganar a toda costa. Es el retorno de los sofistas. La doxa se abre paso avasallando el conocimiento. Un parloteo vano y el decir lo mismo de modos diferentes, produciendo circunloquios aburridos, se adueña del habla. Lo destacable es que el interlocutor se cree lo que dice y acepta el juego. En otras palabras, se lo traga sin masticar y luego, cuando encuentra la ocasión, lo regurgita oportunamente. Da lo mismo. Sea sobre justicia, deporte, salud, guerra o democracia, se impone un consenso sobre los límites del discurso. Existe una frontera entre lo que se considera lícito y aquello adjetivado fuera de lugar.

Instalados en la mediocridad, es cuestión de emitir ruido y configurar frases sin saber su significado. Una técnica apropiada para sugerir la mutación del sujeto en un lorito repetidor. El resultado lo podemos observar en las tertulias, los debates y las relaciones interpersonales. Cuanto más y mejor se repitan los códigos emanados del mercado, se obtendrán mejores premios. Será bien visto, ascenderá en la escala social, y cual pavo real podrá desplegar sus plumas cuando la ocasión lo amerite.

No importa cuál sea el problema, háblese de lo que se hable, violencia, pobreza, desigualdad, explotación, siempre, el lorito repetidor está en condiciones de emitir un juicio y aportar una la solución. Ya no hacen falta médicos para emitir diagnósticos sobre las enfermedades y recetar medicamentos, con acudir a Internet y ver las recetas caseras para la gastritis, la hernia de hiato, el asma o la presión baja, ya tenemos la solución al problema. Lo dicho se puede extrapolar a cualquier disciplina, desde el derecho, pasando en la matemática y culminando en la antropología. De lo contrario no podríamos entender para que existe Wikipedia. Igualmente se acude a charlatanes para solucionar cualquier tipo de situación. Astrólogos, videntes, etcétera.

Ser lego no es obstáculo para posesionarse en materias desconocidas. La cosa es tener una “opinión común” avalada por la mediocridad.
Quienes así actúan, participan de la sociedad considerada un flujo de información, donde unos emiten mensajes y otros, la mayoría, los ponen en circulación. Es el llamado nuevo “mercado de ideas”, donde circulan libres, pudiendo ser utilizadas por quien quiera y donde quiera, sin atadura alguna. Bien lo expresa el subcomandante Marcos en su segunda carta a Luis Villoro: “La teoría chatarra, como la comida ídem, no nutre, solamente entretiene. Y de eso parece tratarse si nos atenemos a lo que aparece en la gran mayoría de los diarios y revistas, así como en los paneles de los ‘especialistas’ de los medios electrónicos…”

Hoy, los grandes medios de comunicación social buscan persuadir y generar un pensamiento tan amorfo como laxo para adormecer la conciencia y favorecer la sumisión al poder. El resultado es grotesco, frases inconexas sin ton ni son, descontextualizadas capaces de crear una realidad virtual a la cual se aferran, como un clavo ardiendo, unos y otros, les permite salir del atolladero en cualquier situación y circunstancias. La ignorancia tiene recompensa. Sirvan dos ejemplos para avalar la hipótesis. La beatificación de Juan Pablo II y la mal llamada muerte de Osama Bin Laden.

Instalados en estos argumentos de la cantidad se escuda una situación de control político, descalificación y sobre todo de sumisión al poder. La falta de rigor se expande y cubre todo el espacio de lo público. Es necesario romper este círculo vicioso. Hay que atreverse a pensar, recuperar la conciencia crítica y generar alternativas al pensamiento sumiso. Es el mejor antídoto contra la mediocridad.


Ilustración de "El Roto"