27 mar. 2011

Meditaciones del libre pensador

LQSomos. Zerimar Ilosit. Marzo de 2011.

Mayoritariamente nunca somos conocidos por ese apelativo y sí por el de ateos. Veamos su significado. Etimológicamente la palabra ateo es formada por el prefijo a que denota ausencia, y por el radical griego theo que significa Dios, divinidad o teísmo. Concretamente, la palabra ateo puede significar sin dios o sin teismo. Por otro lado cabe especificar que no se puede negar una cosa que ya por sí sola no existe. Hasta ahora ninguna religión, tanto las del pasado que pudieron durar milenios, como las actuales, que por cierto llevan algunos periodos similares, han podido probar la existencia de una determinada divinidad o Dios. Nos caben a nosotros, los libres pensadores, o ateos, como más gusten, el negar a esos múltiples dioses simplemente con los hechos inmutables de la Naturaleza y la Razón.
        
En realidad, les caben a los creyentes la difícil tarea de poder probar su existencia, y como se ha dicho, llevan milenios sin conseguirlo. Por lo tanto, nosotros no estamos negando absolutamente algo que se pueda probar con hechos, pero sin embargo sí aquellos que son dogma de fe sagrados, posiblemente sacados de las mangas de sus sacerdotes, todo para mayor gloria de Dios...

Hay momentos en las vidas de los hombres que a veces se llega a sospechar que el principal problema es el de ser desprovisto de aquello que comúnmente denominan, el don espiritual. O sea, el ser incapaz de tener experiencias religiosas en cuales quiera de los cinco sentidos como ser Humano. En un principio, como no, allá por aquellos años en que éramos obligados a aprender el catecismo, asistimos a infinidades de ceremonias religiosas que hasta llegaban a interesar estéticamente por lo que algunas que otras frecuencias divertían, no había TV ni tantas cosas como hoy, que por otro lado éstas, muchas veces terminan siendo tan nocivas como aquellas. Obviamente, nunca puedes extraer de ellos ningún estímulo, ninguna sensación de exaltación ninguna Katarsis místico conforme pasan los años. En esos particulares departamentos somos tan paletos como pudiera serlo el organista de la iglesia, el monaguillo en el altar o hasta el propio arzobispo.

Cuando nos sentimos deprimidos o llenos de infortunios, como cualquiera de las personas, no existe el menos impulso de pedir ayuda, consuelo en los denominados poderes sobrenaturales de cualquiera de las religiones. En cambio la mayoría de las personas religiosas continúan siendo misteriosas para nosotros; además de vagamente insulsos, lo mismo que seremos incondicionalmente iguales para ellos. Creemos que un hombre rezando en pié, otros arrodillados para parecer mas lleno de fe y sufrido, son igualmente incomprensibles. 

Por supuesto, resulta que ésta falta de comprensión acarrea enemistades y hasta muy duraderas. No llegamos a tenerles ojerizas, mala voluntad a cualesquiera de los hombres religiosos por su fanatismo, pero somos consientes de que ellos sí nos la tienen, solo por el hecho de no compartir esas creencias, pero no nos importa, carecen de lo que se debe de tener. Hoy no pueden ampararse en dogmas inquisitoriales como en el pasado aunque demuestren las mismas intenciones de pensar como lo era en aquellos fatídicos tiempos.

Somos apenas ateos militantes y que no tienen la menor objeción de que las gentes vallan a las iglesias, desde el punto de vista que sean honestos y no nos obliguen como ocurrió en el pasado. Es obvio, hemos entrado en iglesias más de unas veces, por curiosidad, compromisos al no poderse manifestar nuestras inquietudes, pues no las entenderían; y hasta en mezquitas, sinagogas, cultos ortodoxos, etc., pues bien, sinceramente hemos procurado sentir el estallido de que tanto hablan las personas religiosas. Pero ni siquiera en la basílica de San Pedro en Roma se llega a sentir el mínimo síntoma de estallido que tanto predican. Más aún, creemos que pocos católicos recalcitrantes lo habrán sentido con el espectáculo teatral y de grandes negocios que cada turista pone allí en práctica. No fue el caso nuestro.

Humanamente hablando lo que sí se ha llegado a sentir con máximo deleite sensual es el que nos invade cuando se siente la Quinta Sinfonía de Beethoven; las Cuatro Estaciones de Vivaldi; la Cuarta Sinfonía de Brahms, el contemplar la grandeza de una floresta, el mar, la inmensidad el cosmos, etc. Los efectos de tales u otras músicas, son en realidad más agudos y deliciosos que todas las liturgias, pues ocurre que los autores de esas partituras conmueven más poderosa y positivamente que los denominados santos de los altares.

Como factibles estas diferencias son grandes desventajas en un mundo poblado por muchísimos hombres inocentes pero subyugados por hombres religiosos. Eso nos hace pensar que algunas veces nos retiremos de nuestros semejantes a nuestro pesar, ocurre que no son compatibles muchas de sus ideas y actos, pues responden de manera firme y constantes con impulsos que nos parecen inexplicables. Peor aún, ellos hacen cosas que infligen serias injusticias.

La conclusión parece ser que no consiguen librarse de ideas y conceptos que los conmueven profundamente, por lo que pueden llegar a ser unos hombres de tal aberración moral en determinados momentos por lo que debemos mantenernos a distancia. Hemos sentido que al cruzarnos con algunos de esos hombres conocidos y religiosos existen esas sospechas. No importa la sinceridad que haya habido él tentarles entender, los puntos de vista siempre terminan por ponerse a la defensiva y alarmada retirada.

Es sabido que todas las religiones enseñan que la ausencia de conformismo es un gran pecado; muchas de ellas hasta él más grande y negro de los pecaminosos pecados y lo llevan severamente si tienen poderes suficientes con sus pecadores. Es imposible para los hombres religiosos dudar de la justicia divina, o mejor decir, la de ellos, por lo que juzgan impunemente. Es simplemente imposible llegar a imaginar a una determinada religión que no sea basada en el temor a Dios.

Es factible deducir que por eso nos mantenemos alejados de la iglesia, aunque queramos o no ella está ahí, pero sin ser capaces de creer en el confucionismo de sus dogmas, ni en los del pasado como tampoco en los del presente, ellos están habituados a cambiarlos, dentro del mismo esquema, cada vez que les convienen. Por otro lado cabe manifestar que no pudiendo hacer lo que hacían en el pasado, lo que hoy hacen podría parecer hasta bastante razonables, aunque probablemente no los aprobemos, pero creemos que lo hacemos con menos vehemencias que muchos denominados fieles y abnegados devotos.

Una de las muchas historias contadas es hacer creer lo increíble, es aquella que para tentar convencer a un ardiente católico en que no creía en la infalibilidad papal. El personaje en cuestión era, como vulgarmente se dice, un fiel hijo de la iglesia católica, pero no quería aceptar ese dogma por lo que vivía angustiado. Cosa rara, pero el ateo le insistió tanto de que si para él los otros dogmas eran fielmente aceptados no tenía porque dudar de éste otro relacionado con la infalibilidad del Papa, por lo que pareció satisfecho habiendo resuelto esa duda. Por supuesto, el aludido creyente años después incitó al ateo que abandonase la persistente incredulidad y relación en contra de Dios y que llevase una vida más pías. Murió firmemente convencido de que estaba incondicionalmente condenado a ir al infierno el ateo. Y lo que era peor, según él hizo méritos suficientes para merecerlo... Esperemos que su particular dios lo haya cogido en su santo seno…