27 sept. 2011

Lluvia ácida

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Septiembre de 2011.

Regreso a la isla después de tres días en Madrid, donde asisto a la Fiesta del Partido Comunista, y, en el aeropuerto de Las Palmas, me encuentro con una joven (¿27 años?) universitaria, de las más activas en los días que siguieron a las jornadas del 15-M en el Parque de S. Telmo. 
-¿De dónde vienes?
-De las fiestas de mi pueblo, en Logroño.
- ¿Y tú?
- De Madrid, de la fiesta del PC- le respondo.
-Y eso, ¿de qué va, de ordenadores?
Lo puedo jurar sobre las Obras Completas de Saramago: ella no es esquimal y habla perfectamente castellano.


Si hay algo que queda completamente claro aquí es que el Partido de Pasionaria ha perdido toda su influencia de otros días en la Universidad, en la juventud y en la sociedad misma. Y en tanto este partido no se cuestione dónde está fallando, no podremos hablar de la recuperación de la izquierda, sobre todo teniendo en cuenta el papel tan importante que dicho partido jugó en el pasado. Año tras año, me produce tremenda tristeza ver los rollos, con cientos de carteles de la Fiesta, arrinconados bajo el mostrador del estand. Carteles que alguien –la militancia- debería haber pegado, en Madrid al menos, y que costarían un dinero.

Ignoro lo que lee el universitario medio de estos días, así como lo que se estudia y debate en nuestras facultades e institutos, pero, evidentemente, por lo que se refiere a la historia reciente, o no interesa o no hemos logrado entusiasmar con la memoria histórica a la siguiente generación.
Claro que, examino ahora el tomo´7º de La mirada del tiempo (Memoria gráfica de la historia y la sociedad españolas del siglo XX), editado por El País, y en el tomo de La Transición se ha cuidado muy especialmente el evitar cualquier alusión a la matanza del tres de marzo en Vitoria, donde, la Policía, siguiendo órdenes de Martín Villa, de Fraga Iribarne, de Adolfo Suárez – que no debía estar entonces tan lejos de todo esto, por ser jefe del Movimiento- penetró en la iglesia de S. Francisco, donde se celebraba una asamblea de trabajadores, y, a tiro limpio, asesinaron a cinco obreros, como si aquello fuera una fiesta, que bien pudimos oír después las órdenes y las conversaciones de los “grises”, cuando todo se calmó. (Y después les reñiremos porque no haya empatía con lo español).
Hojeo el tomo en cuestión y veo con sorpresa que nada de nada de mencionar los asesinatos por la extrema derecha, o por la Policía, -que tanto me da, en esas fechas en que se asesina en su despacho de la calle Atocha a los cinco abogados laboralistas- del joven Andrés, tras salir de un cine, en Madrid; Arturo Ruiz, los tres obreros muertos por la Policía en Granada por esas mismas fechas; Yolanda González; ¿cómo se llamaba el joven de Trebujena que fue ametrallado por la Benemérita cuando éste escribía en un muro?…PAN, TRABAJO Y LIBERTAD. Para la empresa del señor Polanco nunca pareció existir una joven ecologista Llamada Gladys del Estal, nunca fue vilmente asesinada –a bocajarro- por la Guardia Civil. Nunca estuvo el señor González en las tierras del Sáhara Occidental ni jamás prometió al pueblo saharaui –éste y el entonces Príncipe de Asturias- apoyar y defender aquellas tierras hasta la última consecuencia.

Si hay algo realmente cierto es que, los únicos beneficiarios del postfranquismo ha sido esa clase política que, con Felipe González, Alfonso Guerra y compañía a la cabeza, crearon esa empresa llamada PSOE, por no hablar aquí de los tiburones del PP, con la Cospedal, el Trillo, Rajoy y la Saénz de Santamaría.
Sí, estos son la lluvia ácida que azota nuestras tierras tras marcharse al Infierno el heredero de la espada de el Cid.
Y todavía se permite el señor Bono colgar un retrato de Suárez, para justificar la presencia de otro de don Manuel Azaña en esa casa.

 Pablo Picasso, para dar a conocer al mundo la tragedia de España en plena Guerra antifascista, en 1937 pintó el Guernica.

Hoy, setenticuatro años después, yo escogería un cuadro de Velázquez: Las Meninas. Pondría un árbol en primer plano, en el ángulo izquierdo; a J.A.Bardem, Valle Inclán o Buñuel en el lugar del pintor, y, alrededor de una mesa, tapizada con la bandera monárquica, los señores Botín, González, el Borbón y la señora Aguirre jugándose a los dados las cuatro cosas que, horas antes, tenían en los bolsillos los cinco jóvenes que se desploman contra el muro del fondo, a la voz de ¡fuego! del general Franco, éste con gorro legionario.
Sobre la única rama del árbol, tres buitres, con las caras de Rouco Varela, Rita Barberá y Tedi Bautista, se solazan con la escena. Pequeñines, corretean alborozados a su alrededor Imanol Arias y Emilio Aragón.