26 may. 2011

Una bella experiencia

LQSomos. Nicola Lococo. Mayo de 2011.

La vida me ha enseñado a desconfiar de cualquier agrupación humana, incluidas bandas de música y  parques de bomberos, por lo que no negaré el pesimismo con el que recibí las primeras noticias acerca de las espontáneas protestas callejeras sobre las que proyecté la resabida sospecha  de que ni serían tan protestas ni tan espontáneas como se nos decía,
que antes responderían a algún oculto interés de los manipuladores habituales como el ya alcanzado por Mussolini cuál fue, la de movilizar a las masas antes de que ellas mismas se pusieran a caminar por la incierta senda de la autogestión... En cualquier caso, resolví robar tiempo al tiempo, tomándome la molestia de pasar un día entero por una de esas plazas para observar cuanto sucedía, como quien se acerca a un accidente para ver qué pasa, por si la morbosa imaginación no fuera suficiente.

Era medio día y dos centenares de personas en forma de corro ocupaban un lugar que por lo general sólo sirve de paso al consumidor o para que los políticos den sus mítines. No se veían siglas ni logotipos de las organizaciones criminales acostumbradas, tampoco de los sucedáneos sociales en forma de Oenegés. Por no haber, no había ni policía, que para mi fue toda una decepción y  ¡Hasta me indignó! El caso es que, allí estaba un jubilado megáfono en mano, quejándose de la banca, del FMI, despotricando contra el Poder establecido cuyo discurso era continuamente aplaudido por un auditorio que no habría nacido ni para las Olimpiadas del 92. ¡Aquel debía ser entonces uno de los cabecillas! Pensé para mis adentros. Pero no…de inmediato, una joven tomaba la palabra para exponer su situación de desamparo tras quedarse en paro, con un marido postrado en la cama y tres niños pequeños entre otras desgracias que para mi asombro eran aplaudidas al término de su alocución, reacción que debe adquirirse viendo esos programas vespertinos en los que una presentadora anuncia a José Miguel quien a sus veintidós años ha echado de su casa a los padres, ha dejado embarazadas a dos hermanas vecinas del barrio, ha falsificado el título de la ESO y se ufana de no dar golpe las veinticuatro horas del día gracias a que percibe una subvención municipal y para quien solicita un fuerte aplauso como representante de la Generación Ni-Ni…Tras ella, otra persona ocupaba su lugar y hacía lo propio; De cuando en cuando, algunos que le habían cogido el tranquillo repetian y todo ello sin otro moderador que la propia educación y el respeto mutuo. Y aunque al principio todo aquello me pareció una gran terapia de grupo al aire libre, en verdad no era otra cosa que la encarnación pura y dura del ideal que siempre había soñado ver en ejercicio y que ahora, que acontecía ante mis mismísimas narices, casi estaba a punto de despreciar, como los judíos hicieron con el Mesías que esperaban desde hacía siglos. Se trataba de una asamblea de esas en las que la gente dice lo que quiere, vota lo que le da la gana y a nadie se le pide otro carnet de identidad que su mera presencia física usándose como método de recuento el ojo de buen cubero…Al final del proceso que duró unas dos horas al Sol, se dio lectura a un listado de propuestas que se parecía a la carta de los Reyes Magos y que dejó paso a algo tan prosaico como el comer y beber, que no sólo de ideas vive una protesta.

También en esto había notables diferencias con otras aglomeraciones. En vez de que cada cual llevara lo suyo para si mismo, un inaudito espíritu altruista comunitario, hacía que la gente lo compartiera todo e incluso que vecinos del lugar trajeran tortillas y barras de pan como quien da de comer a las palomas del parque sin otra pretensión que disfrutar de su compañía. Estos momentos de asueto eran aderezados por talleres en los que se podía desde aprender a hacer punto, hasta comprender el timo del reciclaje. De pronto, la colorista manada de yogis urbanitas iba conformando un nuevo corro de la patata, en esta ocasión más grande, pues a eso de las cinco de la tarde, había mucha más gente, aproximadamente entre quinientas y mil personas.

Expectante por cómo se conduciría el asunto, ahora que el tamaño de la concentración auguraba los problemas de orden público de los que nos hablan las autoridades cada vez que hay una concurrencia por ellos convocada, resultó que los allí congregados se portaban igual de bien que como lo habían hecho anteriormente, tanto es así que el lugar todavía estaba más limpio de como lo hubiera encontrado a esas horas en el centro de la ciudad una jornada cualquiera; La dinámica, así como la infraestructura, continuaban siendo las mismas: ni mesas, ni sillas, ni tarimas ni pancartas, a penas cuatro cartones con lemas a rotulador que decian ¡Falta pan para tanto chorizo! aparte de algunas fotocopias apresuradas que circulaban de mano en mano para que el mensaje llegara a ¡cuantos más mejor! Sin embargo, el entusiasmo y respeto del colectivo, no sólo parecía inalterable, sino que aprovechando la sinergia generada estos iban en aumento, pues cuanto menos se oía por el minúsculo megáfono lo que se decía, con mayor atención y silencio la gente escuchaba y más rabiosamente aplaudían. Y todavía seguí sin poder dar con los cabecillas de aquel tinglado popular que me resistía a concebir como improvisado.

En medio de aquel maremágnum empecé a detectar pequeños grupúsculos muy activos que en distintos lugares aledaños al espacio asambleario parecían llevar el peso de la tramoya sobre la que se sustentaba todo lo demás. Buscando en ellos la vanguardia escogida, el Politburó que conducía a las masas, los ocultos pastores del rebaño, o cualquier clave explicativa que diera razón de un éxito mediático, convocatorio y cívico, como al que estaba asistiendo, resistiéndome a que el mismo fuera fruto simple y llanamente de la solidaria coordinación de la que es capaz el Pueblo cuando se pone a ello, aunque sólo sea por necesidad y hartazgo, me acerqué lo suficiente como para que me invitaran a trabajar en lo que estaban haciendo, fuera confeccionando letreros con lo que se me ocurriese, ir a pedir firmas por las aceras colindantes, repartir fotocopias…labores que por supuesto rechacé, alérgico como soy a todo trabajo manual, por lo que decidí sentarme en una de las pocas sillas de Pepsicola que algún despistado con toda su buena intención habría birlado de alguna terraza. Para mi estupefacción, por el mero hecho de estar allí tras una mesa de playa, bajo una sobrilla, la gente empezó a pedirme permiso para coger esto y aquello y a preguntarme dónde estaba tal y si sabía quién era fulanito…La vida de Brian pasó fugazmente por mi cabeza dándome los reflejos suficientes para negarme en redondo a ser entrevistado por una pareja de periodistas que se habían fijado en mi persona, ayudándome a vencer mi narcisista ansia de protagonismo, que gracias a Dios, se circunscribe cuando mía es la iniciativa.

El episodio anterior, empezó a convencerme de que aquello, si bien pudo haberse iniciado con cierta maquinación indispensable para prender la mecha de un movimiento semejante, todo indicaba que la realidad de una sociedad líquida que fluye en la adultez empieza a ensamblarse con la vaporosa virtualidad juvenil, porque las generaciones crecidas en internet, familiarizadas con la red han empezado a trasladar su aprendido modus operandi cibernético de foros, messenger, twitter, facebook, blogs y demás a una textura más comprometida con  el aquí y ahora donde se materializa el Matrix de todos los Matrix, dando origen a un cuarto estadio, auténtico plasma al que no acertamos definir todavía en sus características, pero en el que vislumbramos la quintaesencia indispensable para convertirse en el magama primigéneo del que puede llegar a brotar una nueva vida social, más consistente de la que hemos tenido hasta ahora, pero sin regresar a los agarrotamientos materiales doctrinarios de las ideologías y la Tradición.

Perdido en mis especulaciones, me pasó por alto que la asamblea de las cinco, había finalizado y que en la que ahora me encontraba mucho más grande y abarrotada que la anterior, era la correspondiente a la programada para las ocho de la tarde. Aquello era como una sesión continua del cine matinal, solo que en lugar de echar una de romanos o de vaqueros, los protagonistas eran la OTAN, el Gran Capital o los políticos, en plan documental, lo que no evitó momentos tragicómicos como el escenificado sin pretenderlo por un anciano que se quejaba de percibir una pensioncilla de apenas 642 euros al mes, después de haber trabajado ininterrumpidamente durante más de cuarenta años y haber cotizado todo ese tiempo a la Seguridad social, porque tal y como están las cosas, para la mayoría de los que estábamos allí, no nos pasó inadvertida la paradoja de que en vez de contemplarle como un pobre desgraciado, a caso se le miraba con envidia no exenta de rencor por ser un privilegiado… Pero a diferencia de las dos asambleas anteriores, en esta ocasión se le iba a dar gusto al cuerpo para votar a mano alzada un elenco de propuestas que habían sido realizadas a lo largo de la jornada. Y fue este para mi el momento más tenebroso de cuantos pude observar, cuando de repente, tuve ante mi extendido un homogéneo mar de brazos alzados y manos extendidas por cuanto me recordaba estampas más siniestras, a caso diestras, de las que sólo se diferenciaba por la inclinación de las palmas, que es el riesgo implícito que comportan todas estas formas asilvestradas a las que la ciudadanía se ve empujada cuando no funcionan como debieran funcionar, los racionales mecanismos democráticos institucionales en los que tácitamente, en principio confiamos.

Aunque para confianza, la allí mostrada por todos los presentes: una especie de despensa que hacía las veces de banco de alimentos de la que cada cual se servía ingresando lo que podía, llevándose cuanto deseara sin que nadie pidiera explicaciones a nadie, hacía gaseosa mi utopía de una sociedad en la que cada uno contribuya según sus posibilidades y reciba en función de su necesidad; mochilas, radios, gafas de sol, bolígrafos, chaquetas…se hallaban a merced de cualquiera que pasara al lado y sin embargo, a nadie parecía preocuparle la tan cacareada inseguridad ciudadana ni la tan temida naturaleza humana descrita por Hobbes ampliamente difundida por el neoliberalismo, embriagados como estaban de la efervescencia rousseauniana del buen salvaje tras haber ejercido hasta la saciedad su modelo de democracia real pronunciándose contra las arrugas y la celulitis del vetusto sistema representativo nacido de la traición burguesa a la revolución francesa; Y lo que me admiró de verdad dando la puntilla a cualquier sombra de duda sobre los históricos momentos que allí acampaban a sus anchas, fue verles dormir en sus sacos, tumbados sobre cartones, compartiendo cielo y tierra con los despojados del sistema que no tienen otra sin que en ello se les vea protestar por adscribírseles a la indigencia no faltando los tetrabrik de Don Simón y alguna que otra colilla reservada para el amanecer, sabedores como somos todos que es durante la noche cuando los humanos somos más vulnerables a los potenciales enemigos que con nocturnidad y alevosía merodean acechando nuestras vidas durante el sueño y nuestros sueños en vida, del todo despreocupados a lo que el resto del mundo hablaba de ellos por radio televisión e internet.