13 abr. 2011

¿Sigue siendo indiscutible la Monarquía?

LQSomos. Luis Arias Argüelles-Meres*. Abril de 2011.

En el 80.º aniversario de la II República


«¡República española, régimen nacional, nación, ser de la civilización española, civilización española, tabla a la que uno está adherido para salvarse en la vida humana, para salvarse en el paso por la tierra donde uno ha nacido, afán de que vuelva a surcar el cielo la historia de un rayo de la civilización española, pasión de mi alma que no me da vergüenza confesar ante vosotros!». (Azaña en 1933).

«Para que en España fuese posible una República coronada sería preciso sólo una cosa: volver a empezar la historia de España». (Ortega en 1934)

Otro número redondo en el aniversario de la II República, es decir, -lo repito una vez más- del único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea. Siguen siendo muchos los que quisieran sepultar definitivamente su memoria. Otros no llegan a tanto, si bien prefieren incidir más en los errores de la República, que en los horrores del franquismo. Los hay, incluso, que la elogian, aunque, eso sí, no se plantean la conveniencia de apostar por una III República. Nuestra Monarquía actual, sostienen unos cuantos adalides de lo políticamente correcto, nos hace estar en el mejor de los mundos imaginables. Y esto último lo manifiestan no sólo políticos que se hacen llamar de izquierdas, sino también maravillosas gentes de la farándula que en su momento combinaron el guiño circunflejo a Zapatero con actitudes cortesanas en saraos de boato. ¡Qué maravilla!

Así las cosas, el panorama no pinta muy bien no sólo para recuperar el legado de la II República, sino también, y sobre todo, para plantear, al menos, la conveniencia de una discusión sobre la dicotomía monarquía/república. Y, sin embargo, el susodicho debate no está muy lejos de emerger, máxime en un momento como éste en el que el desapego de la ciudadanía ante la vida pública es mayor que nunca.

Se puede argüir que de ese desapego los principales causantes son los partidos políticos y no la Monarquía. Lo que aquí se dirime en no pequeña parte es algo muy similar a lo que Ortega planteó hace casi cien años, en 1914: la pugna entre la vieja y nueva política.

En este momento, el desprestigio de los partidos mayoritarios no es menor al que alcanzaron las formaciones políticas en la última etapa de la monarquía Alfonsina. Y no es descartable que esa nueva política por la que el actual desapego clama, aunque sea de modo balbuciente, pase, entre otras cosas, por la reivindicación de una III República que llegaría, como las dos anteriores, cogiendo por sorpresa a muchos, incluso a los propios interesados.

Para los que consideramos irrenunciable la apuesta por una III República, de lo que se trata, en primer término, es de reivindicar el legado del republicanismo español, un legado que no sólo se pretendió difamar y sepultar, sino que a día de hoy sigue levantando sarpullidos en muchos que desearían borrar por completo aquel periodo, y, en segundo lugar, se impone plantear el debate con el rigor que el caso merece, comenzando por poner al descubierto la inconsistencia de los argumentos que se esgrimen. Se trataría, pues, de hacer frente a una ignorancia interesada que se fomentó no sólo durante el franquismo, sino también a toda una retahíla de topicazos insostenibles, siendo el mayor de todos ellos el que se decanta por afirmar que la experiencia histórica demuestra que las dos repúblicas que hasta ahora tuvimos fueron efímeras y fracasaron. Cierto es que ambas duraron muy poco, pero si hubo algo que batió el récord de lo fugaz fue aquel llamado «Ministerio relámpago» que tuvo lugar en el reinado de Isabel II. Cierto es también que ambas fracasaron en su empeño. Ahora bien, según ese argumentario, ¿podría sostenerse la viabilidad de la Monarquía como forma de Gobierno teniendo en cuenta el enorme número de reinados que se desmoronaron estrepitosamente y que dejaron tras de sí miserias, calamidades y sangre?

En el 80.º aniversario de la II República, son muchos los discursos que inciden en que la Guerra Civil fue inevitable por los errores de aquel Estado. Que hubo errores -y de bulto- es innegable. Pero no lo es menos que la República se encontró con extremismos, de uno y otro lado, desde el primer momento, y que tanto la derecha más montaraz como la izquierda más iluminada se juramentaron para acorralarla y hundirla. Hay quien sostiene todavía que a Azaña le faltó flexibilidad para alcanzar acuerdos que evitasen lo que ocurrió después. ¿De verdad se puede sostener, aun concediendo que don Manuel incurriese en cierto sectarismo, que fue el estadista republicano el político menos dialogante de aquella época? Y es que, sin entrar, ni siquiera de soslayo, en consideraciones que excederían la extensión de un artículo periodístico, en el momento en que se afirma que la Guerra Civil fue inevitable lo que se hace es -ipso facto- justificar el franquismo.

A día de hoy, Azaña sigue siendo quizás el político más difamado, odiado e incomprendido de la nuestra historia contemporánea. Ahí están como muestra lo que escribió Mola sobre él, la canallada de Arrarás reescribiendo unas memorias íntimas del líder republicano que destilan una inquina difícilmente superable.

A día de hoy, para la España oficial, la de la vieja política, siguiendo los parámetros orteguianos, la Monarquía es indiscutible. A día de hoy, no se va más allá de conmemoraciones de la República más o menos compasivas. A día de hoy, para la vieja política, en la que el PSOE vino haciendo -mutatis mutandis- el papel que desempeñó Sagasta en la restauración canovista, el debate en torno a la República como forma de Estado es, poco menos, que anatema.

Pues bien, sin apremio, pero con una voluntad inequívoca, más allá del recordatorio de un acontecimiento histórico que tuvo una irrenunciable voluntad de modernizar este país, toca, no sólo desde la izquierda que vaya más allá de las siglas, sino también desde un discurso que aspire a una verdadera regeneración de nuestra vida pública, reivindicar alto y claro la conveniencia de un debate, el de la República, que es una de las asignaturas pendientes de la transición, y que no está, vive el cielo, entre las menos relevantes.

* Publicado en el diario “La Nueva España”