6 jun. 2011

Sobre el programa de mejora del toro de lidia

LQSomos. Julio Ortega Fraile. Junio de 2011.

Cuando he leído que el Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino acaba de aprobar el Programa de Mejora del Toro de Lidia, me he preguntado si los españoles del Siglo XXI tenemos autoridad moral para calificar de bruto y de violento al Pueblo Romano que, hace dos mil años, consentía espectáculos tan infames como las luchas de hombres en los coliseos o las naumaquias.


Julio Cesar, Augusto, Calígula, Claudio y otros emperadores, dedicaron numerosos recursos al engrandecimiento de tales exhibiciones sangrientas. Lo hicieron abriendo escuelas de combatientes, que en cierto modo eran también prisiones, y levantando anfiteatros en los que los luchadores, obligados a pelear, deleitaban a un público que veía en aquello la expresión de un noble arte. “Noble Arte”, ¿no les resulta familiar esa denominación? La fuerza, el arrojo o la agresividad, eran valores ensalzados y exigidos por los que contemplaban, organizaban y se lucraban de semejantes carnicerías. Posiblemente dignificaban la virtud de ese estoicismo ante la propia tragedia, porque sabían que ellos nunca serían los que se verían agonizando sobre la arena.

Dos milenios después, algunos de nuestros “civilizados” mandatarios, estos Vespasianos de la era moderna, también destinan abundantes sestercios del erario público para construir otros circos similares - en los que como en la Antigua Roma unos andabatae son forzados a combatir – o para inaugurar escuelas de dimanchaeri – con la diferencia de que ahora se sabe de antemano quién va a ser el muerto - y, con esta  nueva iniciativa aprobada por dirigentes que han sustituido la túnica con franjas por trajes de Armani, para exaltar, como entonces, las cualidades que se esperan de la víctima.

El citado programa indica que se pretenden desarrollar en el toro de lidia los siguientes caracteres: bravura, fuerza, movilidad y fijeza. Esto es, desean que un animal que es conminado a entrar en una plaza en la que, sin posibilidad de huida, tendrá que padecer implacables tormentos durante veinte minutos - el tiempo que indefectiblemente le resta de vida desde que pisa el albero - demuestre capacidad de acometida, robustez, vigor, resistencia, agilidad, velocidad y atención hacia los estímulos. Qué sencillo es decidir lo que se espera de un prisionero martirizado cuando se está a salvo en la cávea o en el tendido. Sentado en ambos lugares se tiene la certeza que el que muere siempre es otro, por eso resulta tan fácil escribir el guión de lo va a ocurrir. Y qué decir ante la perversa contradicción de afirmar que se busca esa integridad en el toro mientras en la corrida, por medio de la pica y de las banderillas, se le infligen espantosas heridas para limitar sus movimientos y debilitarle con el objetivo de minimizar los riesgos para el matador. ¿Lucha de igual a igual?

No, no creo que estemos en condiciones de tachar de repugnante y salvaje aquella diversión que los gobernantes ofrecían al mismo pueblo que las pagaba, porque a día de hoy y con ciertas variaciones que se le han introducido, seguimos consintiendo la existencia de un modelo muy similar de crueldad y violencia. El miedo y el sufrimiento de los que iban a morir, era tan real y desgarrador en el Coliseo de Roma como lo es ahora en la Plaza de las Ventas. Y algún día también se contará la siniestra historia del coso madrileño en las guías turísticas. En el futuro, la lidia, será otro negro episodio en la historia de España y nosotros, la sociedad embrutecida que lo permitió.

En 2011, mientras torturamos a seres vivos, tenemos la desfachatez de explicarle a los niños que la lucha a muerte como espectáculo sólo permanece en los libros y en las películas de romanos. Además de sádicos, somos embusteros.