4 abr. 2011

¡Crear, crear Poder Popular!

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Abril de 2011.

 Ayer mismo estaba dándole vueltas al tema de mi próximo artículo (si te callas, te pasan por encima).
Repasando hoy los comentarios que hace la gente a los comentarios de otra gente, a los comentarios de los más o menos famosos politólogos, encontré inmediatamente un tema: responder, en la medida de mis modestos conocimientos, a aquellos comentarios que están surgiendo, como hongos, en la red, a propósito de la invasión de Libia.

 En primer lugar diré que, de éste y todos los conflictos, los trabajadores deberíamos extraer una lección, unas enseñanzas. La primera lección debería ser que, sin el pueblo, no vamos a ninguna parte (aquella guerra de 1936-39 en España, la resistencia, no sólo contra los 4 generales si no contra el nazismo mundial, incluido El Vaticano y el colaboracionismo de todos los gobiernos, a excepción de Rusia y México, debería ser, con sus errores y contradicciones, una lección permanente para todos los pueblos). 
     
 Se suceden las guerras, los conflictos armados entre los pueblos, y de cada uno de ellos (de unos más que de otros) extraemos enseñanzas que deberían servirnos para no repetir errores en batallas posteriores.

 Si una lección pudo extraerse del conflicto armado de la España de 1936-39, ésta es: todo con el pueblo. Nada sin el pueblo. Y por si esto fuera poco, aquella República de trabajadores, aquel Gobierno del Frente Popular, con todas sus limitaciones y todas sus contradicciones, tuvo el pulso de armar ideológicamente a un pueblo que, apenas con los conocimientos que le brindaban La Cartilla Antifascista y lo poco que había asimilado de las escuelas que abriera la República, este pueblo dio tal lección al mundo que, transcurridos ya más de 70 años, sigue siendo para los pueblos toda una enseñanza en la lucha contra el fascismo y por las libertades democráticas. Una prueba de ello es que hoy se siga reivindicando aquella misma bandera, que no fue abandonada por los que creyeron en sus firmes valores, y no fue asimilada ni siquiera por los que hoy se dedican al “noble arte de cultivar bonsáis” y aquellos que pactan con la patronal y mandan a nuestras tropas allí donde lo decide el Imperio.

 Quizás el mayor error de una revolución sea elevar a divinidad a su líder. Incluso puede ser que el germen del fascismo se instale, en su organismo, como un quiste, y no permita el desarrollo de esa misma revolución. Por lo que leemos ahora, había un gran temor en Lenin de que Stalin accediera a la jefatura del Partido, a su muerte. Ciertamente, con otro personaje en su lugar en aquellos días, quizás en estos momentos no existiría un Burguer King en las inmediaciones de la Plaza Roja de Moscú.

 No quiero posicionarme ni que nadie me arrincone “contra las cuerdas” en el caso de Libia, primero: porque no tengo todos los datos que me permitan afirmar ni negar que Gadafi sea, no el “tirano” que nos señala la tele, si no algo creado por aquellos que le armaron, le visitaron en su jaima y le agasajaron, pese a su antiimperialismo. A un líder antiimperialista que aspire a erigirse en referente para todos los pueblos, además de conseguir cotas de bienestar para su pueblo (aquí ya lo empezaba a haber con Franco, independientemente de que su poder le viniera de una guerra encarnizada ganada contra su propio pueblo), es exigible que se compatibilicen éstas con avances en la conquista de los derechos humanos: de poco o nada nos servían a los españoles de la época los televisores, las neveras, los “seiscientos”, si no éramos más que “productores” al servicio de la Dictadura y las multinacionales… con la VIª Flota Americana amarrada de vez en cuando en el puerto de Barcelona.

 Puestos a arriesgar, y esto no es más que una elucubración, quizás más de un dictador de los del siglo XX no fueron más que gente encariñada con los perros y poco más que una residencia decente donde culminar los años dorados de la vejez, recibiendo a periodistas del Times y viendo películas cochinas en el televisor. Eso sí: espoleados que fueron por los gobiernos anticomunistas de la época, dieron un importante juego, hasta que no les fueron ya útiles a los “demócratas” de Hollywood, digo, de Washington, y los sustituyeron por gente “menos incómoda”, que toda inversión en look, oseasé, en imagen, con el tiempo da mucho juego en las urnas.

 Es más que evidente que, el señor Gadafi, con todo su discurso antiimperialista, no ha sabido enajenarse las simpatías de toda la izquierda, por no mencionar aquí a los “compañeros” del PSOE que le USAron mientras les fue útil, pero le abandonaron a su suerte cuando detectaron que le había abandonado el desodorante. Lo que no quiero para mi pueblo no lo quiero para nadie, por muy “rojo” que éste sea. Hay demasiados ejemplos de honestidad, de comportamiento ético y revolucionario en la causa de los trabajadores para que ahora tengamos que aceptar al primero que nos pongan bajo su punto de mira los  siervos de la OTAN. Otra cosa es que me alinee con los que ven bien los bombardeos sobre Trípoli, poniéndose así del lado de los rebeldes (que aquí no es el caso precisamente de los rebeldes de Sierra Maestra o los del Abuelo Ho, ni siquiera los sandinistas de hace 40 años). Aún recuerdo cómo me alegré cuándo echaron al Sha de Persia (para instalar a un régimen que, antiimperialista él, hoy lapida a sus mujeres en público por delitos que no lo son en cualquier lugar del mundo civilizado). Rebeldes eran también los que hicieron correr arroyos de sangre en Badajoz, en 1936; rebeldes los que desembarcaron en Bahía Cochinos; los que se levantaron contra todo un pueblo, contra su presidente, contra sus propias leyes, en Chile, en Argentina; los que combatían a la Revolución, en la “contra”, en  la frontera de Nicaragua, mientras unos pocos europeos les construíamos alojamientos a los “compas” desplazados por la guerra.

En cualquier caso, y para que no haya dudas, me quedo con aquel rebelde Spartaco de Howard Fast; aquel Che Guevara que acudía a echar una mano en la construcción, a las 7 o las 8 de la mañana; aquel Buenaventura Durruti que murió en el frente de Madrid, con un arma entre las manos, no mucho después de haber afirmado: “RENUNCIAREMOS A TODO MENOS A LA VICTORIA”

No me alinearé jamás para hacer armas contra ningún objetivo que previamente haya sido señalado por los mismos que abortaron todos los procesos revolucionaros, ya fuese en el Congo de Lumumba, en El Salvador, en Colombia, en Venezuela, en Perú, en Uruguay, Portugal, en España o en Mozambique.