23 ene. 2011

Río arriba


LQSomos. Ángel Escarpa. Enero de 2011.

Observo este hermoso paisaje desde la Cota 705 y no ceso de preguntarme: ¿qué impulsa a un hombre, salido de las hambreadas ciudades y de los campos de labor de la España de 1936, al que le regateaban el pan y la cultura, a tomar un fusil para jugarse la vida, como el que arroja una moneda al aire, en medio de este espacio natural, para defender una idea?

¿Qué impulsa a un hombre con carrera, con apellidos nobles, con un futuro más que brillante en la medicina, en física, en matemáticas, en el ejército mismo, a tomar partido por una causa, traicionada ésta por ese mismo ejército, desafiando así a la fuerza militar más poderosa de la tierra en aquellos momentos y a un reaccionario Vaticano que hace armas contra lo más progresista de un país?

 ¿Qué extraña fuerza empuja a ese joven trabajador irlandés -algo poeta él- a abandonar los acantilados y las verdes montañas de su tierra natal para tomar por toda arma un violín y encaminarse hacia los Pirineos para defender unos cientos de lienzos, unas piedras milenarias, las mismas bibliotecas y la obstinación de un pueblo instalado en un sueño poco menos que utópico?

¿Qué hace aquí ese obrero portuario neoyorquino, pegado al suelo como un guijarro más, mientras el acero y los aviones llegados desde la lejana Alemania, buscan su carne y la de los compañeros?

¿Qué clase de tejido o hilo rojo une a ese soldado de Tagüeña de ayer con ese joven que, sin más arma que un pasamontañas y unas piedras, se enfrenta hoy a los vehículos del invasor en las calles y en los campos de la Palestina ocupada o en El Aaiún?

 ¿En qué piensa ese jovencísimo soldado de 18 años de Negrín, envuelto en una manta cuartelera, cuando es fotografiado por Capa en el refugio escavado en la pared de este monte? Nos figuramos el contenido de algunas de esas cartas que llegan aquí desde la retaguardia, escritas por las esposas, las madres, los padres a los que la escasa salud ha salvado de ser movilizados -la Quinta del Saco-: “Escasea el aceite, la carne, el arroz, todo. Las “píldoras” de Negrín son infames pero es lo que hay.” “El niño cumple hoy 19 meses. Cuídate mucho para que pueda conocer a su padre.” “Voy todos los días a la Gota de Leche por su ración, aunque de vez en cuando pasa la aviación fascista y deja tras de sí alguna mujer de la cola en medio de un gran charco de sangre.” “Nos vienen muy bien las raciones que nos mandas.” “Te mando esta bufanda y estos guantes, que he hecho yo, porque me dices que ahí ya hace mucho frío.” “Han detenido al tendero de debajo de casa porque tenía comestibles escondidos para especular con ellos.” “He dejado la casa de San Bernabé y me he ido a vivir con tus padres y tus hermanas a su casa de la calle de la Arganzuela. No podía soportar sola con el niño los bombardeos.” “Muriese o neno.” “O que mais echo de menos neste lugar es tu piel, as campanas do pobo e o crujir das foias bajo os pes, nel silencio do bosque; falar, oir falar  galego a os paisanos…” “Quién lo iva a pensar hace unos años: los mismos que ahora nos matan desde ahí enfrente podrían ser de nuestro mismo pueblo.”

¿En qué pensará ese soldado que tanto se afana sobre un papel, extendido éste sobre el revés del plato de aluminio del rancho?   

 Es demasiado fácil dejarse llevar por la literatura, por la abundante iconografía que ha generado “nuestra guerra”. Por aquí pasaron Modesto, Merino, Hemingway, Hans Kahle y los internacionales, Simarro, Fusimaña, Gullón…

Hace tan solo unas horas tomábamos fotos con nuestra cámara en los mismos lugares donde, hace 72 años, un ejército de leales se enfrentaba a otro ejército que, dos años antes, se había levantado contra el Gobierno legítimo de la República. Contemplando las aguas de ese río que tantas vidas heroicas se cobró; paseando por las hoy tranquilas calles de estos pueblos y por las montañas que fueron testigos de cruentas batallas y del paso de los ejércitos: Mequinenza, Gandesa, Mora de Ebro, Miravet, Falset, Flix, Tortosa, Sierra de Pandols, Sierra de Cavalls, Poblet, Escaladei, Ascó, Coll del Moro…, estas esferas donde el infierno trasladó su morada durante 115 memorables días, mi recuerdo gira una y otra vez hacia aquellas noches en que, en la modesta cocina de aquella casa del Barrio de Usera, calentada por el fuego de una hornilla de carbón, mi padre desgranaba sus recuerdos de aquella guerra, apenas seis años más tarde de haber regresado él del Campo de Concentración del Campo de la Bota, en Barcelona, donde fuera depurado tras su regreso del Campo de Concentración de Barcarés, en Francia, donde vino a dar, con los restos del Ejército de la República que escaparon tras el hundimiento del frente de Cataluña, luego de tres largos años de combatir en Madrid, en Somosierra, Teruel, Lérida; mientras en Europa se apagaban los últimos rescoldos de la II Guerra Mundial y se daba tierra a los numerosos fusilados por la barbarie nazi.

 Observo una y otra vez ese caudaloso río, estas poderosas montañas, este remoto pueblo que apenas nos recuerda la cruenta guerra porque hasta aquí no llegó el fragor de la batalla; esa placa en memoria de La Quinta del Biberón, esas placas de calles que el pueblo de Vilella Alta* ha rescatado del olvido para reivindicar su pasado republicano y donde se nos recuerda que, antes de la infamia, antes de las tarjetas de crédito y de los móviles; mucho antes de que esta aristocracia socialista arrasara con los días de combatividad, de luchas de clases y de decencia, hubo en este país una República que se reivindicaba de trabajadores.

 Y sin embargo, estoy seguro de ello, tendrá que ser lo más sano de este pueblo el que tendrá que salir de nuevo a las calles, a las plazas públicas, a los polvorientos campos de Castilla y de Andalucía; a las luminosas cumbres de estas montañas, para salvar las libertades conquistadas, por encima de esta democracia de papel couché, por encima de esos políticos con sueldos millonarios que reclaman el crucifijo en las escuelas, mientras el país naufraga en manos de cuatro desaprensivos y un despreciable rey, un paraguas que para lo único que sirve es para dar cobijo a toda esta tropa, la última infamia y humillación impuesta por la anterior dictadura vaticanofascista-.

Aún puede que, en el silencio de las noches, puedan oírse las maldiciones de los heridos, el estruendo de la artillería, confundido con el eco de antiguas canciones.
 Abandono el lugar, no sin antes tomar del suelo un pequeño guijarro, y depositar mi pulsera de cobre, con los colores republicanos, bajo esa placa homenaje a Enrique Líster: “en el I Centenario de su nacimiento”, junto a unas llaves que alguien depositó allí un día. Me pregunto qué sentido tienen esas llaves en tal lugar: ¿Tal vez alguien las depositó en la breve repisa, como si de un conjuro se tratase, en espera de que el dueño, desaparecido quizás en la batalla, las recupere y retorne a la casa un día? Tal vez, simplemente, alguien las extravió y otra mano las puso ahí.
Territorio de encuentro –en este mismo lugar compartí unas horas con los internacionales llegados de Irlanda, hace exactamente 14 años; desde estos bellos parajes despachaba el padre sus cartas en los días del fuego-, desconozco si a alguien se le ocurrió ya la idea pero, me parece el lugar más adecuado para reunir a un grupo de profesores de música y dar un hermoso concierto homenaje a aquellos hombres, por el heroísmo y el sacrificio que desplegaron aquí en aquellas horas para ejemplo de la humanidad, sin otros testigos, quizás, que estas rocas, que ya lo fueron de aquella especie de quijotada. -Vaya por delante la sugerencia de este nombre para tan loable empeño: De aquí, a la eternidad-

 Hermoso y singular espacio éste donde descansar, el día en el que ya no se pueda hacer otra cosa en el mundo de los hombres.
9 de diciembre. 2010 Día de la Constitución  (de 1931) 
                                                                                                                                                             
*Aunque el dato alargue este artículo más de lo debido, no me resisto a la tentación de consignar aquí que tales placas se exhiben en la fachada de una de sus calles, con los nombres: Calle Galán, Calle García Hernández, Calle 14 de abril, Calle Pi i Margal, Maciá -que es de bien nacidos ser agradecidos-.